Si alguna vez queréis celebrar algo realmente especial y lo queréis celebrar en Madrid, os recomiendo este restaurante. El mismo está ubicado en una capilla centenaria que, en tiempos, también fue sede de la Bolsa de Madrid; de ahí su nombre.
En la decoración se ha mantenido toda la estructura arquitectónica de la vieja capilla pero adaptándola a casa de comidas: uno tiene la sensación de estar en una iglesia pero está en un restaurante. Cabe destacar que, en el coro, han instalado un piano con el que amenizan la velada a los comensales.
Es un sitio de lujo, pero no el típico de la capital en el que te miran con lupa y te radiografían antes de entrar. El trato del personal, desde el portero, hasta el último camarero, pasando por las recepcionistas y el jefe de sala es amable y cordial.
Nada más llegar te ofrecen un aperitivo acompañado de una consumición a elegir. Eso si; luego viene rigurosamente recogido en la cuenta. Nosotros, que éramos dos personas, optamos por sendos vermuts acompañados por las pertinentes cucharas y canapés que nos ofrecieron que, dicho sea de paso, estaban exquisitos. La repercusión de todo esto en la cuenta fue de 7 € por cabeza. Mucho, pero que, para una ocasión especial, se puede pagar.
En cuanto a lo que es la comida en si, lo que te ofrecen es cocina de mercado. De primero compartimos una
ensalada a base de jamón de pato que no era demasiado abundante paro que estaba realmente deliciosa. Eso si, respecto a lo de la abundancia, nos desquitamos con el segundo plato. Mi pareja pidió unas carrilleras al vino tinto que le sobraron (y no porque estuviesen malas) y yo una paletilla de lechazo que, cuando me la trajeron, quedé asustado; sólo vi algo semejante en la Cueva San Simón. Si, además, añadimos que estaba buenísima, qué más contar. Esto, junto con los postres, el Ribera del Duero que tomamos(la carta de vinos es un tocho), los cafés, los chupitos y el aperitivo del que hablamos antes, nos salió a 47 € por cabeza, lo cual, dadas las características, la infraestructura y la ubicación del local (entre Sol y Plaza Mayor) no está pero que nada mal.
Destacar por último que los aseos estaban impecables: limpios, bien decorados, y bien surtidos de todo lo necesario: papel, toallas, jabón y perfumes.