Restaurante situado en el casco antiguo de Altea, cerca de la Plaza de la Iglesia, decorado en plan rústico con mucha piedra, espadas, escudos, la verdad muy bonito y acogedor. El trato del personal muy familiar y amable. Carta muy amplia, quizas algo corta en los vinos pero suficiente. Mucha calidad en el producto, contundente y buena relación calidad precio. Salón y terraza con vistas al mar que en verano tiene que ser una maravilla. Sobresale su cocina casera y el toque del fuego en sus carnes. Los postres sencillos pero deliciosos. Las fotos de Paula (la hija del dueńo) preciosas. Lugar muy recomendable.