Fuimos a comer mi novia, un amigo y yo el domingo 25 de abril. Nada más llegar te das cuenta de cómo engañan las fotos pues cuando vi las fotos del local en su página web parecía un sitio con mucho encanto, el típico mesón de montaña pequeño y acogedor. Sin embargo lo que nos encontramos fue un vulgar bar de pueblo, aceptable para un bocadillo a mitad mañana (de no encontrar otro sitio), pero desde luego inapropiado para la comida de un domingo.
El salón principal era una pequeña estancia de no más de 30 metros cuadrados y con las mesas bastante juntas. La decoración era impersonal y algo vulgar. La verdad es que más que parecer rural y antigua parecía más bien sacada directamente de un capítulo de "Cuéntame como pasó", ya saben sillas y mesas del año catapún (en sentido literal), manteles y servilletas de papel,etc.
En cuanto al servicio decir que la única camarera que había no destacaba precisamente por su educación, amabilidad y simpatía. Se limitaba a decir los platos que tenían (no existe carta) con una desgana total para más tarde anotarlos en la típica libretita que llevan los camareros de cualquier bar.
La vajilla y la cristalería eran de risa. Platos que son más apropiados para el postre (por su reducido tamaño) y copas de las que se usan para servir un licor digestivo que allí usan para el vino tinto. Increíble.
Los entrantes que tenían se reducían a 4 o 5 platos (uno de ellos una simple ensaladilla rusa, por cierto) y el plato principal se componía tambien de 4 o 5 cosas (algunas exquisiteces como macarrones o lentejas). Vamos más propio del menu del dia un miercoles que de la carta de un Restaurante un domingo.
De entrantes pedimos unas croquetas de bacalao (las más resecas que he probado nunca) y "all i pebre" (espantoso). En cuanto al plato principal mi novia se pidió caldereta de cordero que sin ser una maravilla era lo mejor de todo, y mi amigo y yo nos pedimos paletilla de cordero al horno, evidentemente no era cordero lechal pero lo peor era que le ponían un picadillo raro por encima de la paletilla que desvirtuaba totalmente el sabor original de la carne. En cuanto al vino, si nos trajeron carta de vinos en la que, además de ser la más escasa que he visto en mi vida, no les quedaban la mayoría.
Los postres, sinceramente, lo mejor de la comida. De entre las 3 o 4 cosas que tenían nos decantamos por unos flanes de canela que estaban muy ricos (y esta vez, bien presentados) y una tarta de chocolate que, aunque dudo mucho que fuera casera,la verdad es que no estaba mal.
En cuanto al precio, visto de forma aislada diríamos que fue barato (no llegamos a los 30 euros por persona), pero visto en el contexto de un sitio tan cutre y con unas dotes culinarias tan escasas la verdad es que me parece hasta caro.
En fin y como conclusión decir que es el típico sitio al que no volveré ni aunque me inviten y que recomendaré, eso sí, unicamente a mi peor enemigo.